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Rezando con los refugiados en la República Dominicana
01 junio 2012

Un guardia vigila la gente que cruza la frontera entre Haití y la República Dominicana. La ciudad dominicana de Jimani es uno de los principales puntos fronterizos con Haití, y su bullicioso mercado, justo en la puerta de la frontera, atrae comerciantes y compradores de ambos países. (Christian Fuchs/JRS)
Tierra Nueva, 1 de junio de 2012 – Los encuentros empezaron con apenas tres de nosotros. Margarita, la líder del grupo, lamenta no tener nada que ofrecernos. Mercedes, una monja de la comunidad Vedruna, y yo nos sentamos en unas sillas de plástico y escuchamos cómo le había ido la semana a Margarita.

Margarita explica que no puede ir al mercado a comprar cacahuetes porque no tiene dinero para sobornar a los policías, y que por eso no puede hacer los aperitivos dulces que vende en las calles de su ciudad. Este es su pequeño negocio, su humilde manera de ganarse la vida, pero como inmigrante haitiana indocumentada, es víctima de extorsiones y a menudo de actos violentos cuando llega para comprar sus suministros.

"A veces no podemos dejar nuestras casas. No podemos ir a ningún sitio," dijo Margarita.

"Desde que empezó la violencia, ni los hombres salen de casa. Es difícil ganar dinero, pero también es difícil sentirse como un ser humano cuando ni siquiera puedes salir de casa por miedo", añade la mujer.

A principios de noviembre de 2011, una oleada de violencia barrió Jimani y las poblaciones vecinas, con un saldo de tres muertos y dos desaparecidos. Muchos resultaron heridos en acciones de represalia, y las amenazas han tenido a comunidades enteras sin salir de sus casas.

La violencia comenzó cuando una persona fue asesinada en una discusión en un mercado internacional. Y eso desembocó en un alarmante círculo de violencia. La ciudad dominicana de Jimani es uno de los principales puntos fronterizos con Haití, y su bullicioso mercado, justo en la puerta de la frontera, atrae comerciantes y compradores de ambos países.

Nos sentamos fuera de la casa de barro cocido de Margarita y miramos cómo el Sol se oculta tras las montañas. Poco a poco, los miembros del grupo van llegando. Cuando empieza la reunión somos algo más de veinte personas. Al terminar, hemos llegado a cuarenta.

Éste es uno de los muchos grupos a los que el Servicio Jesuita a Refugiados acompaña en el área de Jimani. Estos grupos son el espacio en el que los inmigrantes haitianos comparten experiencias, forjan relaciones y crean sus estructuras comunitarias.

Bajo el liderazgo de Margarita, el grupo Tierra Nueva ha comenzado a impartir clases de alfabetización, a organizar formaciones en derechos humanos, y a participar en talleres sobre liderazgo en Jimani. A pesar de las dificultades, van adelante encontrando su manera de mejorar.

Drew Hendrickson
JRS República Dominicana

Tu reflexión
Los inmigrantes haitianos de Tierra Nueva se encuentran entre los más marginados económicamente de la República Dominicana. Sus recursos están limitados aún más por las autoridades que abusan de su poder exigiéndoles sobornos. Más recientemente, la seguridad de sus vecindarios se ha visto amenazada en una inquietante oleada de violencia.

A pesar de ello, siguieron viniendo a las reuniones, siguieron tratando de aprender a leer y a escribir, siguieron denunciando los abusos a los derechos humanos a pesar del peligro.

Esta noble lucha para que llegue algo mejor emana, en gran parte, de la fortaleza de su fe, una fe que les une y les da fuerzas para ser pacientes y constantes cuando caminan juntos para mejorar sus vidas.

Al final de estas reuniones, Gito, un pastor local, encabeza la oración del grupo. Él comienza, y en pocas palabras, cada miembro del grupo da a su manera las gracias y expresa sus esperanzas. En la pequeña iglesia, una cacofonía de cuarenta voces habla a la vez, todas orando a su manera, entrelazándose, pero unidas en una misma misión.


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El Espíritu Santo llega en Pentecostés

Hechos 2

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.

De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.

Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.